Los dos jóvenes fallecidos por consumo de éxtasis en el Electric Zoo de Nueva York vuelven a poner de actualidad el debate sobre los peligros del consumo de drogas en raves, aunque esta es una historia antigua con una única solución útil.

El gran estigma con el que debe cargar la música electrónica se llama éxtasis: la larga relación de la droga de diseño con las raves es todavía un obstáculo para que al sonido se le tome en serio, y el caso de dos muertes esta semana en el Electric Zoo de Nueva York no ayuda. En este artículo abordamos la cuestión desde todos los puntos de vista.

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Para alertar de los peligros que comporta el uso de drogas, uno de los recursos más habituales por parte de instituciones públicas y fundaciones concienciadas ha sido el de solicitar la colaboración de rostros populares que, supuestamente protegidos por una aureola de respetabilidad y éxito, pudieran ser una especie de conciencia crítica que diera un consejo útil a los jóvenes, un mensaje que podía resumirse en “puedes ser como yo sin tener que recurrir a esa mierda”. El problema muchas veces es que los que dan la cara son los especímenes que menos ejemplo pueden demostrar: los más veteranos del lugar recordarán, por ejemplo, aquel anuncio en la televisión pública española de los 80 protagonizado por Nacho Cano, sobacos al viento tocando sus dos teclados desconectados, justo en el máximo apogeo de Mecano, lapidariamente acompañado por el eslogan “todo lo que sube baja, y además engancha”. Pero, como se ha sabido desde hace mucho, Mecano no fueron precisamente un paradigma de virtud ni pureza de células. Más ilustrativa es una imagen que ya se ha vuelto icónica -y que puede consultarse, por ejemplo, en la imagen de perfil del popular tuitero @jaumetorres14-: la de Julio Alberto y Maradona en su etapa como jugadores del Barça a principios de los 80, portando una camiseta con la leyenda ‘No Drug’ en un partido benéfico años antes de que se creara el Proyecto Hombre, siendo estos dos, precisamente, dos de los casos más sonados y documentados de abuso de la cocaína en el deporte de élite. Por eso, el vídeo difundido ayer por la revista angelina URB, en la que algunos de los DJs más populares del momento en Estados Unidos -Steve Aoki, A-Trak, Tommy Sunshine, Kaskade- participan en una campaña de concienciación y advertencia de los peligros del éxtasis, puede tomarse con un cierto grado de ironía: después de haber visto a Aoki montarla gorda en todos los clubes, hacer proselitismo del alcohol y el desfase, quizá no sea él la figura oportuna para decirle a los jóvenes que las pastillas son malas y eso no se toca, caca.

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“Estados Unidos no es un país ajeno al éxtasis y la escena rave de los 90 fue tan promiscua en el uso de enteógenos y psicodélicos como lo fue la europea”

Portada del Time (Junio, 2000)

Portada del Time (Junio, 2000)

Sin embargo, la experiencia ha demostrado que la mejor manera de combatir los excesos y minimizar los riesgos del consumo de drogas ha sido la información, abundante y sencilla, aunque fuera con trampa. Un rostro popular y respetado por el target adecuado que dice ‘no’ siempre es un sistema más eficaz que una campaña tremendista con muertos -que pueden servir, quizá, para reducir los accidentes de tráfico, pero que no tienen el mismo efecto con prácticas de ocio recreativo demasiado extendidas y, sobre todo, mitificadas-, aunque en su vida privada ese personaje famoso se enzarpe más que un personaje de una novela de Bret Easton Ellis. El anuncio de URB ha sido rápido y apropiado después de que Estados Unidos haya vivido su primera gran crisis relacionada con el consumo de éxtasis en más de una década -la anterior tuvo que ver con el boom de las Mitsubishis, con el cambio de siglo-, después de que la celebración del último festival Electric Zoo en Nueva York, posiblemente el acontecimiento más popular del calendario EDM, se saldara con la muerte de dos personas tras sufrir severos efectos secundarios causados por el consumo de MDMA, y que obligó cancelar el evento, del que pocas horas después se supo que acumulaba un listado escalofriante de sucesos reprobables, como una violación de una menor y diversas detenciones por posesión de estupefacientes. Estados Unidos no es un país ajeno al éxtasis -la droga fue declarada ilegal y perseguida por la DEA hace ya décadas, con una ley de refuerzo hace diez años que evitaba cualquier tipo de indulto moral- y la escena rave de los 90, de la que el boom EDM es heredera y versión ampliada al infinito, fue tan promiscua en el uso de enteógenos y psicodélicos como lo fue la europea; incluso existe un documento icónico en la película “Groove” (Greg Harrison, 2000), título mediocre en lo cinematográfico, pero reveladora de la candidez con la que la cultura rave americana había adoptado el éxtasis como su droga predilecta, a través del retrato de un nuevo clubber que tiene una epifanía en su primera experiencia en una rave en San Francisco.

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“Las dos muertes en el Electric Zoo de Nueva York hacen ahora más difícil la comprensión de que, dentro del peligro que comporta, el MDMA es una droga ‘segura’ en comparación con la meta-anfetamina, el crack, el jaco o la coca”

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El escenario ha cambiado, sin embargo, porque el público que ha entrado en la escena americana es nuevo, sin antecedentes ni nociones de historia, y la incidencia comercial de la EDM es mayor a la que haya podido vivirse en cualquier repunte del clubbing americano, como en los años 90, cuando la ketamina corría como el agua por Manhattan y las mafias se mataban por la valiente -sea el caso del traficante Michael Alig, que se pulió a martillazos en un wáter a su rival Angel Melendez por el control del suministro de templos como Limelight y The Tunnel-. Cuando se empezó a advertir el crecimiento social de la música rave en Estados Unidos hace año y medio con el advenimiento de la EDM -nuevos héroes populares para un público adolescente recién llegado al entretenimiento musical-, uno de los miedos que existían era cómo una población sin experiencia con las drogas iba a reaccionar en un contexto que estaba replicando, de manera tardía pero igualmente masificada, el despertar de la cultura rave en Inglaterra en 1988. Las sospechas de que se repitiera la historia eran demasiado palpitantes, y poco han tardado en producirse las causas y consecuencias de la extensión masiva de las fiestas, que se puede resumir en una fórmula parecida a público inexperto + incremento de la afluencia de drogas (con la consiguiente adulteración, que lleva a la extensión del chungo MDA, que es pura anfetamina sin efecto apaciguador) + nula información + espacios masificados. Desde el comienzo, la EDM ha tenido una relación estrecha con la difusión del MDMA en polvo como elección principal de los consumidores, idónea para acompañar los furiosos crescendos, la saturación de registros agudos y la ondulación colorista del descenso de las líneas de bajos; música grosera y facilona que, desde una perspectiva sinestésica, es una explosión de gamas cromáticas.

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La cultura rave espoleada por el consumo de MDMA (desgraciadamente, no existe una cultura rave SIN, un utópico equivalente fiestero a la Coca Cola Zero), atraviesa, por lo general, siempre las mismas fases. La primera es la del enamoramiento, la luna de miel, la de las primeras experiencias con éxtasis -intensas, iluminadoras, de apertura de conciencia; la de los abrazos, los amigos de una noche y la sensación angelical, asexuada-: el consumidor descubre una felicidad artificial gracias a la segregación de serotonina y dopamina, el cerebro bulle en una sopa psicodélica de neuroconductores al galope. A medida que el uso se va haciendo frecuente (digamos, cada fin de semana), el cerebro se va secando poco a poco de serotonina y para repetir la experiencia se necesita separar las experiencias (algo que el raver activo nunca consigue) o una dosis mayor, o quizá más pura, lo que conduce a incrementar el consumo, ya que con la popularidad de la droga la calidad se vuelve menor, con lo que aumenta proporcionalmente el riesgo de chungos, yuyus y enzarpamientos con atrofia maxilar; en una tercera fase, el raver ya pone en juego cartas más serias: su felicidad -el abuso de éxtasis conduce a la depresión crónica-, sus arterias, toda su salud física y mental. En Estados Unidos ha renacido la cultura rave y, con ella, todo su lado negativo, y también el rebrote de la leyenda negra que la música electrónica, de manera injusta, tiene que cargar como un lastre.

 

“La música electrónica no puede cargar con todos los pecados, a modo de Cristo expiador, de una práctica que es colectiva, universal, ancestral y se da en todos los ámbitos”

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El éxtasis es el gran estigma de la música de baile, desgraciadamente. A pesar de que una cosa sea la fiesta y otra muy distinta la música en sí, que puede vivir fuera de los clubes -somos muchos los que no consumimos drogas ni en sueños pero nos atiborramos de nuevos discos; somos muchos a los que el consumo nos repugna hasta el infinito y, sin embargo, no podríamos vivir sin apurar hasta la hez del surco un nuevo 12” de Joy Orbison; somos muchos, en definitiva, los que tenemos la sangre más pura que el agua del carmen y las estanterías más combadas que el pellejo de Rosa Benito-; a pesar de eso, decíamos, la percepción pública, desde los frentes no especializados, sigue siendo, décadas después, de que música de baile es equivalente necesariamente a música para drogarse, y sobre la que periódicamente se levantan campañas basadas en el morbo, el amarillismo y la alarma social. La cultura de club ha sabido convivir con ese estigma haciendo oídos sordos a las palabras necias, y ha sabido sobreponerse a todos los hechos luctuosos de su historia negra (negra, pero en cierto modo anecdótica) porque al final caen dos razones de peso. La primera es que, en el duro pulso con el rock que se mantuvo a lo largo de toda la década de los 90 y que pareció perderse en los últimos diez años, finalmente ha sido lo ‘electrónico’ lo que se ha establecido como paradigma de creación musical en la música popular del siglo XXI; las bandas sólo de guitarra, bajo y batería van camino de ser una anomalía en comparación con todos los usos de software y hardware en la producción musical global, aunque finalmente la estética haya resultado ser muy distinta a como se había imaginado en un primer momento en los 90, alejada de la utopía futurista de antaño. La segunda es la comprensión de que el uso de drogas es una pauta (y si se quiere, un problema) que afecta a toda la sociedad, y que la música electrónica no puede cargar con todos los pecados, a modo de Cristo expiador, de una práctica que es colectiva, universal, ancestral y se da en todos los ámbitos, y casi siempre con consecuencias más graves -desde la ruina económica a la que puede conducir la cocaína (por no hablar del riesgo de infarto) al atontamiento de la marihuana o la ruina moral y física que produce la heroína.

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En ese sentido, y siguiendo con el estigma, es sintomático cómo el éxtasis ha servido para atizar a la música de baile mientras en otros géneros musicales la estrecha relación con la droga se ha ido justificando y tapando disimuladamente desde algunos núcleos de poder. En los años 70, Lou Reed llegaba a pincharse heroína en pleno concierto, ante la mirada del público, con goma y todo; una conducta reprobable, asquerosa si se quiere, y que pocas veces se quiere recordar para no empañar su aureola de genio; hay más casos documentados de muertes por sobredosis -no sólo entre el público, sino también entre estrellas del rock del club de los 27- de los que posiblemente se hayan podido calcular en toda la historia negra de la cultura rave, y yonquis redomadas como Amy Winehouse, que sólo tenía un talento (una voz extraordinaria) y cientos de vicios, han sido insistentemente defendidas como pobres criaturas con mala suerte, como víctimas de la sociedad, incluso se les ha concedido un halo de mártir, que ponen a escenas completas, longevas y creativas como la de la música electrónica de baile en una posición de desventaja. En el rock, el yonqui es un maldito incomprendido y un poeta con visos de nuevo Baudelaire -podemos pensar en casos cercanos, no los tenemos tan lejos, cantan en español-, mientras que en la música de baile primero se desprecia al público y raramente se aprecia el valor de la música. Todavía hoy.

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Esta exposición anterior no debe entenderse, bajo ningún concepto, como una justificación o defensa, o tolerancia, del consumo de drogas en un club. Todo lo contrario: que se puedan comprender las razones de la existencia de esta práctica -y que tienen una base antropológica ancestral si se quiere; la de la fiesta como el equivalente actual de los ritos de paso de la niñez a la edad adulta, la iniciación en nuevos misterios como los consagrados a Dioniso en la antigua Eleusis en el siglo V a.C., el factor chamánico, el contacto daimónico con el ‘otro mundo’, la transición liminal a otro estado de conciencia, etc.- no debe ser una coartada para pasar por alto el daño que puede producirse. Las investigaciones más serias sobre el éxtasis han querido rebajar el alarmismo -como el estudio desde una clave médica y farmacológica de Bruce Eisner, “Éxtasis. Historia del MDMA” (Obelisco, 1995), que intenta deshacer mitos difamadores sin esquivar los serios efectos secundarios que pueden derivarse del consumo; “la diferencia entre una dosis efectiva y una sobredosis es mucho más pequeña en relación con el MDMA que con la mayoría de los demás psicodélicos”, “los efectos físicos son generalmente suaves, el principal que se ha observado es que el MDMA causa un ligero aumento de la presión arterial (durante aproximadamente una hora y media)”, “resulta difícil consumir el MDMA en exceso, porque los efectos disminuyen rápidamente si se toma repetidamente durante cualquier espacio de tiempo corto”; “para aquellos que tienen una personalidad abusiva, el MDMA no puede llegar a ser la ‘droga preferida’, ya que, utilizada de este modo, sus características no son nada gratificantes”-. Pero a pesar de eso, no se ha rebajado la tolerancia (legal, no la física) hacia la droga: sigue estando prohibida en Inglaterra, Estados Unidos y España, su tráfico y fabricación se persigue, y su consumo no incluye ningún tipo de prestigio salvo entre la comunidad de la rave.

Leah Betts

Leah Betts

Las dos muertes en el Electric Zoo de Nueva York, evidentemente, hacen ahora más difícil la comprensión y comunicación de que, dentro del peligro que comporta, el MDMA es una droga ‘segura’ en comparación con la meta-anfetamina, el crack, el jaco o la coca. Como indican Eisner y otros expertos en farmacia, el éxtasis no es mortal ni es adictivo, aunque es degenerativo y desgasta seriamente el organismo; nadie se muere (en principio) por consumir éxtasis, y en todo caso, de producirse la muerte -como en el célebre y triste caso de Leah Betts en 1995, la joven menor de edad fallecida en Reino Unido en su fiesta de cumpleaños al tomar su primera pastilla de éxtasis; la causa real de la muerte fue un exceso de hidratación al beber cerca de nueve litros de agua en poco más de una hora tratando de combatir la hipotermia, lo que comportó un fallo cardiaco y renal de efectos dramáticos-, no es necesariamente por la droga en sí, sino por una falta de información de cómo tomarla.

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La campaña anti-raves, como sucedió en Inglaterra entre 1989-1995, con intervención legislativa (la famosa Criminal Justice Bill, que en realidad buscaba prohibir las multitudes más que el consumo; al poder siempre le pone nervioso que mucha gente se junte en un sitio, ya sea en Castlemorton, en los alrededores de Trafalgar Square o en la Plaza del Sol), acoso policial y campañas de propaganda en la prensa, ha empezado también en Estados Unidos. Los artículos alarmistas sobre el éxtasis brotan en todos los periódicos y en todas las webs de información; el mismo caso sucedido en España en 2002 tras los dos fallecimientos en una rave en Andalucía. La historia se repite siempre dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa, y Estados Unidos, que ya tuvo varios casos célebres de alarma alrededor del año 2000 -“el éxtasis está irrumpiendo en nuestra sociedad con más velocidad que el crack. El problema es que con el crack puedes saber quién lo está consumiendo y quién no, algo que el éxtasis no permite, básicamente porque TODO el mundo lo toma”, dijo en la época Gary Murray, portavoz de los controles aduaneros anti-droga en la costa este americana, cita recogida del libro “The Incredibly Strange History Of Ecstasy” de Tim Pilcher-, vuelve sobre sus pasos de manera ampliada. Entre 1999 y 2001, el consumo de éxtasis se incrementó en Estados Unidos del 7 al 12% (mientras que el tráfico subió un 200%), una escalada que llevó la cuestión al Congreso y que condujo en 2003 a la ampliación de una ley anti-droga que penalizaba el éxtasis aunque pretendiera defender las raves como opción legítima de entretenimiento (sin comprender que una cosa iba de la mano de la otra necesariamente) y evitaba cualquier intento de informar didácticamente sobre el asunto. Paradójicamente, el senador que tuvo la última palabra en esta solución de tapadillo para el problema del éxtasis en Estados Unidos fue Joe Bidden, hoy vicepresidente en la administración Obama, lo que hace pensar que las autoridades no serán nada flexibles en los meses próximos, más bien todo lo contrario.

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Lo que lleva una vez más a la cuestión del principio: Estados Unidos ha tratado el tema del éxtasis mirando hacia otro lado durante una década, persiguiendo la droga, penalizándola y sin informar sobre su uso, sus peligros y sus riesgos, algo que de manera tímida ha intentado el anuncio de ayer en URB, con consejos básicos como los que aquí lleva años transmitiendo ONGs como Energy Control: no aceptar mercancía de desconocidos, ir con cuidado con lo que te metes, conocer los riesgos, controlar la dosis, tener agua a mano, etc. Básicamente, sentido común: estás invitando un cuerpo extraño, nocivo y peligroso en tu cuerpo, pero con plena conciencia del riesgo que corres. Así pues, el estigma va a ser imposible de borrar: la E mayúscula del éxtasis es la letra escarlata de la protagonista adúltera (que no adulterada) de la novela de Hawthorne en la música electrónica, y lo será por mucho tiempo, quizá para siempre. Si no ha habido que lamentar muertes en los últimos años (al menos en Europa; fue más grave la avalancha del Love Parade) es porque, a pesar de la imprudencia que implica consumir droga, de cualquier tipo, se ha hecho a la vez un trabajo explicativo extenso, profundo y tenaz -hasta en las cajetillas de tabaco- con el que, quien quiera hacerlo (fuera del marco legal, of course), tiene la suficiente información para proceder con responsabilidad, aunque técnicamente sea un oxímoron juntar droga y responsabilidad en la misma frase.

Alertar, advertir, hacerlo de manera paternalista como si fuera un consejo del ‘hermano mayor’ Pedro Aguado es, en la práctica, más eficaz que demonizar y censurar, aunque esto último sea lo más fácil. Esto es algo que la sociedad americana ahora debe aprender (les ha tocado el turno), y algo que sus políticos deberán entender para poder actuar con eficacia sin los lobbys comienzan a ejercer presión, que la ejercerán. Mientras tanto, otros agentes de difusión como URB dan los primeros pasos, aunque sea con un vídeo de DJs que, en el fondo, suena tan populista como la salida del armario drogota de Sofía Cristo en el plató de “Sálvame Deluxe” de hace unos meses. Por algo hay que empezar.

Fuente: playgroundmag